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September 19, 2006

Bolivia y el lejano oeste

Lo que acabo de leer en el periódico supera los límites de toda racionalidad. Bolivia ha definitivamente involucionado hasta volver al “sálvese quien pueda” del lejano oeste de principios de 1900. Bolivia es, ya sin remilgos, un país sin respeto a la propiedad privada y sin decencia alguna.

Esta es la historia.

Un diario paceño de circulación nacional, La Razón, vende sus copias de dos formas: a través de intermediarios (voceadores o “canillas”) y a través de suscripciones directas. Nada nuevo dirá usted, la mayoría de los diarios en el mundo opera así. De hecho, La Razón lo ha venido haciendo desde hace casi dos décadas. Al parecer, sin embargo, las suscripciones directas a este diario han venido incrementandose paulatinamente en los últimos años en desmedro del negocio de los voceadores o canillas.

Dependiendo de la estructura de costos, tecnología, y capacidad operativa de cada empresa, un objetivo legítimo puede ser tratar de evitar a los intermediarios y llegar directamente al cliente minimizando costos y reduciendo el precio final del producto. Las suscripciones son una estrategia en esta dirección. Negocios son negocios. Estoy seguro que La Razón no tiene nada personal en contra de los voceadores o canillas. Se trata simplemente de ahorrar el costo de sus servicios.

En cualquier otro país esta lógica se entendería muy bien. Sucede a diario. Una nueva tecnología reemplaza trabajadores en una fábrica, ventas por internet reemplazan a vendedores, teléfonos reemplazan a operadores de telegramas, computadoras reemplazan a dactilógrafos, etc. Si se tratara de proteger los trabajos o profesiones de todos el avance de la ciencia y el desarrollo nunca se materializarían.

Pero en Bolivia no hay ley, o al menos nadie la respeta. Los voceadores o canillas protagonizaron un escándalo este fin de semana agrediendo a plena luz del día a trabajadores de La Razón que vendían el diario a sus clientes. Se dá cuenta de la barrabasada? La Razón vende su producto al cliente en una transacción entre agentes privados y unos canillas malechores lo tratan de impedir violentamente. Esto es una mafia al estilo Capone: “si no vendes a través mio, entonces no vendes.” Y claro, en vez de entender esto como un crimen a secas y hacer que la policía meta presos a los agresores, la metafísica boliviana se hace cargo del problema. Veamos.

- Los voceadores o canillas se declaran víctimas que solo están “protegiendo sus fuentes de trabajo.” Esta debe ser una de las expresiones que me revuelve más las tripas. Quién la acuñaría? Lo que me saca de quicio es la poética comparación de un lugar de trabajo con una “fuente” (el orígen del agua y por tanto, en lírica, de la vida). Cuando uno asocia un lugar de empleo con “la fuente,” se le da al trabajo o empleo una connotación de derecho natural. Qué persona con corazón alejaría a alguién de la “la fuente”? Qué persona con corazón, por tanto, alejaría a una persona de su trabajo? Pero, lo sentemos de una vez por todas, el trabajo NO es un derecho sino un merecimiento. Ser empleado por alguién requiere mucho más que solo existir (derecho natural). Requiere competir y proveer un servicio igual o mejor que otros. En que mala hora entró en la mentalidad latinoamericana que todos deberían tener un trabajo simplemente por nacer en un determinado territorio?

Si los voceadores o canillas quieren parte de la torta, deben esforzarse en mejorar sus sistemas, ofrecer menores precios y ofrecer una ventaja comparativa en la distribución de diarios. Si lo hacen y son más rentables que usar suscripciones, La Razón los volvera a emplear. El trabajo se logra compitiendo no como un derecho dado.

- La ministra de gobierno, Alicia Muñoz, critica la actitud de los voceadores y llama al diáologo entre La Razón y los voceadores o canillas. Esta “cultura del diálogo” también ha rebasado los límites. Lo que hicieron los voceadores o canillas este fin de semana es un crimen. Así de simple. Cómo puede la ministra llamar a un “diálogo”? La próxima vez que encuentre un ladrón en su casa no llame a la policía y no pida que lo metan preso, mejor empiece un “diálogo” con el malechor de turno. Desafortunadamente ese es el tipo de democracia que genera una administración populista. En Bolivia tomar tierras, bloquear caminos, e impedir la libre venta de bienes y servicios no lleva a la carcel, lleva a una “mesa de diálogo.” Hasta cuando?

- Por otro lado, y aunque simpatizo completamente con los ejecutivos de La Razón, éstos se quejan esgrimiendo un argumento (entre muchos otros, por supuesto) que también me produce retortijones: “no se puede impedir el derecho a la información de la ciudadanía.” No sé si esto está escrito en la Constitución pero si así es, no debería. La información es un bien como cualquier otro. Tiene uno derecho a un auto, derecho a una computadora, derecho a una polera? Por qué deberíamos tener derecho a estar informados?

Como en el caso del “derecho al trabajo,” esto no es solo semántica, refleja una filosofía errónea de que determinados bienes deben ser provistos necesariamente para todos. Esto genera errores fundamentales porque muchos socio-sabelotodo deducen que, como son un derecho, el gobierno los debe garantizar. Y ahí empiezan muchos de los problemas de Latinoamérica.

Los ejecutivos de La Razón tienen argumentos de sobra contra el crimen y ataque a la propiedad privada y eso debería bastar para mandar a los canillas a las rejas.

September 11, 2006

Derechos de propiedad intelectual?

Recuerdo que hace unos diez años la radio en Bolivia pasaba un comercial que decía algo así: “Si no luchamos contra la piratería intelectual la próxima música que escucharemos será … (cinco segundos de silencio).” Realmente asustaba. En Estados Unidos y Europa la cantaleta era - y sigue siendo - la misma: “Te estamos observando! La piratería es un crimen.” O el famoso: “Si no le permites a tus hijos robar un helado, por qué les permites bajar canciones de internet?”

La cruzada antipiratería es global e inagotable. Millones de dólares se gastan anualmente en ella. De tanto repetirla, además, se ha convertido en una verdad incuestionable. De esas verdades en las que todos parecemos estar de acuerdo y ya ni nos preguntamos si en realidad lo son. Copiar discos, videos o libros es malo. Eso ya nadie se atreve a negarlo. Si la campaña antipiratería no ha logrado eliminarla del todo, sí que ha logrado instalarse en lo más profundo de nuestras conciencias.

Pero hagamos de salmones. Pensemos un poco en los orígenes y en los principios de los derechos de propiedad intelectual. Son de verdad un derecho? Analicemos uno de los casos más típicos: Compro un CD (digamos uno de Plácido Domingo) y después de escucharlo le hago copias en mi computadora que vendo o regalo a mis amigos. Tiene Don Plácido, o su compañía disquera, el “derecho” de evitar que yo copie el CD?

Contrariamente al anuncio de las campañas antipiratería, copiar un CD no es robar. Yo compré el CD en una tienda y pagué su precio. El disco ya no es propiedad de Plácido Domingo o su disquera. El disco es mío. Yo debiera, entonces, poder hacer lo que quiera con él. Lo debiera poder escuchar, destruir, formatear, y copiar si así lo deseo.

Las copias que yo haga tampoco son de Don Plácido, sino mías. Por lo tanto, debiera tener el derecho a venderlas o regalarlas. Algo que no puedo hacer, sin embargo, es venderlas pretendiendo que las mismas son “originales” o producidas por Sony (disquera de Don Plácido). Eso es fraude. Pero si las copias llevan la marca CPDCA (Copias de un disco de Plácido Domigo en la Computadora de Antonio), éstas debieran ser perfectamente legales. Como ven, a nombre de proteger los derechos de propiedad intelectual esta legislación en realidad invade y restringe mi derecho de propiedad sobre el CD.

Este simple argumento es bien entendido cuando se trata de bienes “no intelectuales” (aunque no creo que existan bienes que no apliquen algun tipo de conocimiento). Todos están de acuerdo, por ejemplo, en que si compro una chaqueta la puedo usar, destruir, alterar, regalar, o incluso tratar de duplicar (asumiendo que tuviera la habilidad de hacerlo). De hecho, actualmente es legal vender mis copias de la chaqueta siempre y cuando no le ponga una etiqueta que diga Armani.

Lo mismo sucede con alimentos (nadie le impide ir a un restaurant y después tratar de replicar el plato que ordenó en su cocina) o con bienes aún más “intelectuales” que un CD como artículos académicos. De hecho, la ciencia se ha desarrollado marginalmente construyendo sobre resultados conseguidos por científicos en el pasado. Mientras no sostenga que yo inventé la fórmula E=mc2, la puedo usar para derivar nuevos resultados sin pasarle un pago a los descendientes de Einstein. Si este pago fuera exigido la ciencia avanzaría a paso de tortuga.

Por qué entonces no se puede copiar un CD? El argumento de las compañías disqueras es que la prohibición es necesaria para recuperar el costo invertido en la producción del CD (pago a los músicos, marketing, etc.). Las compañías argumentan que necesitan un poder monopólico (ser los únicos vendedores del disco y no tener que competir con sus mismos clientes) porque solo así el negocio es rentable. Es preciso anotar, entonces, que los derechos de propiedad intelectual no son un “derecho natural” sino uno “creado” o legislado para generar incentivos económicos.

Un derecho, además, creado muy recientemente. Bach, Vivaldi, Miró, Picasso, o John Coltrane crearon arte sin recibir importantes regalías por derechos de propiedad intelectual. Hubiera Monét dejado de pintar si alguién le decía que nunca vería un peso por los miles de posters que se imprimen con fotos de sus pinturas? Es realmente necesario proteger a las compañías disqueras otorgandoles este poder monopólico? Veamos un poco más de cerca lo que pasa en esta industria.

En primer lugar el argumento de que los músicos son caros no parece ser la causa para reclamar este derecho. Cuando pagas $us 15 por un CD, en Estados Unidos, sólo $us 0.99 (noventa y nueve centavos!) van para el músico. El resto se vá en impuestos y beneficios para las compañías (escritores de libros pueden testificar similares experiencias).

En Estados Unidos cuatro compañías disqueras controlan el 80% del mercado (Universal, Sony, EMI y Warner) . Es un mercado oligopólico. Por lo general estas compañías cooperan entre sí y se esfuerzan en hacer todo el lobby necesario para que la legislación mantenga y refuerze las leyes de protección intelectual. Es decir, éstas compañías se encargan de que sea terriblemente difícil competir con ellas.

Como el negocio es redondo, las compañías tienen incentivos a cerrar el mercado. No es conveniente tener más de un Plácido Domingo o una Shakira. El mundo esta lleno de jóvenes músicos con enorme talento que no pueden “triunfar” por que las puertas de estas compañías no se abren. Menos artistas implica precios más altos por cada uno de ellos.

Esta evidencia empírica se suma a la ya avanzada literatura (ver Cowen (1998), Boldrin and Levine (2002), Quah (2002), o Clement (2003)) que argumenta convincentemente que la innovación y la producción de arte puede, sin mayor problema, realizarse en condiciones de competencia perfecta (las compañías compitiendo con sus propios clientes) y que no es necesaria la otorgación de poder monopólico.1

Aunque este argumento tiende a ser altamente técnico, la clave para entenderlo es reconocer que el proceso de producción de un CD tiene dos etapas. La primera requiere la inversión inicial de producir el disco, pagar al músico para que cree canciones, rentar los estudios musicales, etc. La segunda consiste en la producción de copias para la venta. Esta segunda etapa presenta costos fijos (aquellos que no cambian con el número de copias producidas) y variables (aquellos que sí lo hacen). La primera etapa, por otro lado, presenta un costo hundido… sea o no exitoso el disco, ese costo ya se desembolsó.

Las compañías argumentan que es el costo de esa primera etapa el que no se podrá recuperar sin una producción monopólica. Pero la literatura microeconómica ha demostrado largamente que costos hundidos (no fijos) son perfectamente recuperables en mercados de competencia perfecta. Los beneficios de las compañías disminuirán por cierto pero eso solamente reflejaría los resultados de un mercado real y no uno artificial como el creado por las leyes de propiedad intelectual.2

Por otra parte, el argumento de las compañías disqueras de que si se permiten las copias el precio de estas llegaría a cero tampoco es válido. Copiar un CD tiene un costo, uno pequeño pero positivo. En este sentido, las copias de CDs son bienes rivales que, otra vez, se pueden producir sin problemas en condiciones de competencia perfecta.

Como lo puede adivinar, este argumento también se aplica a libros, películas y medicinas. Aunque estas industrias tienen particularidades interesantes – de las que espero poder escribir en el futuro – la lógica es siempre la misma: Los beneficios de asignar recursos escasos a través de mercados son tales cuando estos mercados son competitivos. Restringir esta competencia siempre genera ineficiencias y tiende a favorecer a una de las partes en detrimento del beneficio de la economía. CDs, libros, películas o medicinas no debieran ser la excepción.


1. Boldrin, M. and Levine, D.K. 2002. “The Case Against Intellectual Property.” The American Economic Review (Papers and Proceedings) 92, 209-212. Clement, D. 2003. “Creation Myths: Does Innovation Require Intellectual Property Rights?” Los Angeles: Reason Online March 2003. Cowen, T. 1998. In Praise of Commercial Culture. Cambridge: Harvard University Press. Quah, D. 2002. “24/7 Competitive Innovation.” Department of Economics, London School of Economics and Political Science. Working Paper No. 1218
2. Los beneficios económicos en competencia perfecta son cero pero los contables positivos. Esto significa que una compañía en competencia perfecta es capaz de recuperar su costo de oportunidad dado, en este caso, por el costo hundido de la inversión inicial.

August 21, 2006

Mercados, economistas y café

Filed under: Incentivos, Microeconomía, Bolivia, Evonomics - Antonio @ 2:01 pm

Ser profesor de Economía te crea “mañas” que terminan por hacerse crónicas. Hablar solo descifrando los vericuetos de algún modelo o soñar con maximizaciones y equilibrios están entre las más comunes. Ninguna, sin embargo, debe ser tan placentera como nuestra conocida adicción al café. Una maña que ya llega ha hacerse callo.

Un alumno me preguntaba el anterior semestre por qué los profesores de Economía visitaban los Cafés todas las santas tardes como si de un acto religioso se tratara. Somos adictos, le respondí, al café y a la economía. Los economistas tendemos a juntarnos – posiblemente como una respuesta gremial a nuestra perenne impopularidad – y nada nos da mayor gusto que hablar de nuestra ciencia. El café es la excusa perfecta.

Afortunadamente, comprar café resulta bastante simple en el campus de nuestra universidad. Muy cerca a la Escuela de Negocios existen tres o cuatro lugares que proveen el líquido elemento. Un mercado chico, pero mercado al fin. Nuestro consumo diario de café, por tanto, no solo proporciona de deliciosas horas de tertulia sino también de ejemplos interesantes para los alumnos de Principios de Economía.

La primera observación es que los mercados funcionan en base a incentivos. Aunque gracias al consumo frecuente ya se ha desarrollado una interacción cordial entre vendedores y economistas que nos lleva a preguntarnos como estamos y a desearnos las buenas tardes, en el fondo el interés mutuo es meramente comercial. La realidad es que a los vendedores no les importa mucho como estemos sino que compremos café. Y no es motivo de queja, lo entendemos porque a nosotros tampoco nos importan los beneficios del vendedor sino el café.

Si a la anterior observación le añadimos el hecho de que los vendedores no están obligados a vender café ni nosotros a comprarlo, se concluye que el intercambio libre beneficia a ambas partes – de lo contrario, éste no existiera – . Y así se llega a uno de los resultados más importantes de la teoría económica: el intercambio libre de bienes y servicios genera riqueza y no necesita que las partes involucradas se aprecien entre si. Ese es el “secreto mejor guardado” del desarrollo.

La libertad de intercambiar bienes y servicios determina además una asignación eficiente de recursos escasos. Como no estamos obligados a comprar de un Café en particular, los economistas buscaremos los mejores precios, la mejor calidad, y la mejor música y comodidad entre las diferentes opciones. La competencia hará que el café sea producido y vendido con éxito por aquellos vendedores que sean capaces de generar la mejor combinación de estos atributos, i.e. los vendedores más eficientes. El precio del café libremente determinado por oferentes y demandantes, por otro lado, asegurará que este bien sea destinado a los consumidores que lo valoren más.

Este segundo resultado es no menos importante. Los mercados libres, por un lado, harán que los bienes sean producidos por los productores más eficientes y no por los que tengan muñeca o palanca con el gobierno de turno. Por otro lado, los bienes serán dirigidos a los consumidores que los valoren más (reflejado en la disposición a pagar el precio de equilibrio) y no a los que tengan un apellido conocido o se beneficien de “estar relacionados.” Los mercados libres son en el fondo muy democráticos.

Un tercer resultado importante es que los mercados son eficientes replicadores de estrategias que funcionan y maximizan el uso de recursos. Si en algún momento los economistas y otros clientes dejaran de comprar café y empezaran a comprar té, las pérdidas de los vendedores generarían una poderosa señal a potenciales nuevos vendedores y, a través de éstos, a toda la cadena productiva de producción de café. Cuando el mundo deja de valorar un determinado bien, los mercados transmiten señales hacia atrás casi inmediatamente y los agentes se pueden adaptar a las nuevas circunstancias. Cuando los gobiernos intervienen y distorsionan los resultados del mercado, estas señales no existen o son de mala calidad y las economías no se pueden adaptar a los vientos de cambio.

Un requisito implícito e imprescindible en el funcionamiento de mercados libres, sin embargo, es el respeto a los derechos de propiedad. Intercambiar es básicamente transferir derechos de propiedad. Si los economistas intercambiamos “papers” por café, lo que implícitamente hemos hecho es transferir los derechos de propiedad sobre estos bienes. Nosotros ya no somos dueños de los “papers” y los del Café ya no son dueños del café. Pero imagina que, después de intercambiar nuestros bienes, el vendedor nos “nacionaliza” el café arguyendo que estamos en su tienda y todo líquido negro dentro de la tienda le pertenece. Pues estamos listos. El intercambio ya no genera riqueza (por lo menos no para los economistas). Creen ustedes que volveremos a esa tienda? Creen ustedes que volveremos a hacer negocios con ese vendedor? Seguramente que no y por mucho tiempo.

Afortunadamente, cuando agentes privados están a cargo de la oferta, actitudes irracionales como las del vendedor nacionalizador no se observarán muy frecuentemente. En el largo plazo la tienda también perderá al perder a sus clientes. El vendedor, por tanto, procurará tratar a sus clientes con el mayor interés y respetando los acuerdos. El problema, ya lo imaginan, es cuando los vendedores no responden a criterios de creación de riqueza sino a criterios políticos, populistas, revolucionarios, indigenistas, etc.

Cuando existe libertad (sin restricciones burocráticas o regulaciones excesivas), cuando se respetan los derechos de propiedad, y cuando no existe incertidumbre política, los mercados son eficientes generadores de riqueza, eficientes asignadores de recursos, y eficientes mecanismos evolutivos. Y permiten además que los profesores de Economía puedan seguir tomando café.

June 27, 2006

Hay que tener riñones!

Filed under: Incentivos, Microeconomía, Evonomics - Antonio @ 7:44 am

Los periódicos de Bolivia destacan en titulares el escándalo destapado al descubrirse la venta ilegal de riñones en Santa Cruz. Según La Prensa y La Razón, desde al menos un par de años atrás, se pueden comprar riñones entre 30,000 y 40,000 dólares incluyendo la cirugía y los días de recuperación. Los “agentes” serían los mismos doctores especializados en transplantes y los “donantes” no serían solo cadáveres sino también personas vivas.

Órganos humanos son un bien tremendamente escaso. En la misma nota, La Razón reporta que alrededor 1000 personas al año padecen de insuficiencia renal crónica en Bolivia y que una diálisis peritoneal puede valer entre Bs. 2,500 y Bs. 3,000. El resultado es que sólo 422 de esos 1000 pacientes acceden a este tratamiento. La necesidad de un nuevo riñón es por tanto urgente y, literalmente, de vida o muerte para alrededor de 600 personas…al año!

Pero el problema de pacientes renales no es único en Bolivia. En Estados Unidos la brecha entre pacientes y donantes (la lista de espera) se incrementó de 2,500 en 1991 a casi 7,000 en el 2000. Hoy día esa brecha está alrededor de 12,000 pacientes. Estas personas deben afrontar los altos costos de diálisis o resignarse a lo peor.

Claramente el actual sistema de donaciones no es eficiente ni mínimamente suficiente. Muchas personas alrededor del mundo mueren esperando donantes. Moralistas y diversas religiones, sin embargo, se oponen ferozmente al uso de un mercado de órganos y estas ideas han tradicionalmente dominado la discusión del problema. En muchos países (como en Bolivia) el gobierno ni siquiera permite la discusión de esta alternativa.

Pero la realidad es que la diferencia entre la cantidad demandada y la cantidad ofrecida de riñones en el mundo se debe precisamente a la restricción de usar mercados. Esta restricción legal impone implícitamente un precio máximo legal por riñón de cero y el resultado es un natural desabastecimiento (shortage). Si la venta de riñones fuera legal, más gente tendría incentivos a “donar” (vender) organos, el incremento de la oferta generaría precios menores que los actuales en el mercado negro, y muchos pacientes pudieran encontrar una cura.

Varios economistas han presentado convincentemente estos argumentos. Algunos han estudiado el uso de cadáveres (Cohen, Becker, Kaserman and Barnett) y otros el de personas vivas (Becker and Elías) como generadores de la oferta. En el caso de cadáveres, los vendedores de órganos pueden vender su riñón en un “future,” es decir, recibir el dinero hoy y permitir que el órgano sea removido cuando el vendedor muera. En el caso de personas vivas, los vendedores se somenten a una cirugía que extraiga uno se sus dos riñones. En ambos casos, el resultado es el mismo: una mayor oferta, un menor precio y más transplantes.

Hay que reconocer que vender órganos no es como vender automóviles. Los vendedores por lo general tendrán poca información sobre procedimientos, riesgos, etc. Esta es una tarea que el gobierno pudiera cumplir en una primera etapa. Es especialmente importante en este tipo de mercados que el vendedor esté cien por ciento consciente de lo que implica vender un riñón. La decisión final, sin embargo, es de los directamente involucrados.

Los mercados libres son buenos asignadores de recursos escasos. Órganos humanos son recursos verdaderamente escasos. El uso de mercados transparentes e informados en este caso podría ayudar a salvar muchas vidas.

June 13, 2006

Mercados en Thailandia

Filed under: Incentivos, Microeconomía - Antonio @ 10:43 am

Mi visita a Bangkok duró solo tres días pero dejó lecciones económicas (y gastronómicas) muy interesantes. Esta fué mi segunda visita. La ciudad es enorme (casi 10 millones de habitantes) y el tráfico, la polución, la humedad y las altas temperaturas pueden llegar a ser intolerables. Los thailandeses han aprendido a vivir con estas dificultades y su disposición al comercio y la libertad de mercados han generado resultados insospechados. Bangkok se ha convertido en los últimos años en una ciudad moderna y vibrante que genera un altísimo flujo turístico.

En Bangkok shopping es una de las actividades principales. Casi todo es más barato que en Estados Unidos y ciertamente más barato que en Europa. Muchos de mis trajes, camisas y maletines de cuero son hechos en Bangkok. DVDs piratas son también una buena compra. La comida es simplemente exquisita y baratísima. Los cortes de pelo y masajes son también imperdibles.

Pero la generación de mercados vá más allá de estos bienes tradicionales. Mis amigos y yo fuimos a un bar una de las tres noches de las que estuvimos allá (cuatro economistas en un bar…qué más se puede pedir?). Como buenos turistas, y dado el inclemente calor, todos vestíamos sandalias. El resultado fué lógico: no nos dejaron entrar. Las reglas del bar requerían un mínimo de atuendo que incluía el uso de zapatos. Decepcionados nos dábamos ya la vuelta cuando vimos en la acera a una señora ofreciendo varios pares de zapatos. Justo al frente del bar! Cuando nos acercamos a comprar unos pares nos sorprendimos al descubrir que los zapatos no estaban a la venta sino que se rentaban. La señora, eso sí, vendía también calcetines. Pues compramos los calcetines y rentamos los zapatos que nos parecieron menos usados (aún sino hacían juego con nuestros pantalones) y volvimos a la puerta del bar. Tres o cuatro horas más tarde devolvimos los zapatos y recogimos nuestras sandalias. Una fantástica aplicación del surgimiento espontáneo de orden y cooperación.

Pero la historia del bar no termina aquí. Una vez en el bar, y a medida que las bebidas se hacían más y más frecuentes, nuestros viajes al baño idem. Uno está acostumbrado al “bell boy” del baño de los bares y clubs que ofrece toallas y mentitas cuando uno se lava las manos. Pero los “bell boys” de baño de este bar (y como descubrimos después en muchos lugares de Bangkok) ofrecían no solo toallas y mentitas sino un servicio adicional. Estando frente al urinario atendiendo las urgencias de la vejiga siento de pronto una toalla caliente en el cuello y me doy cuenta de que el “bell boy” me empezaba a hacer masajes en la espalda y los hombros….y yo sin poder defenderme, de espaldas y con las dos manos ocupadas…. Uno se asusta y la primera reacción es negativa. Después uno se dá cuenta de que todos los clientes reciben el mismo trato y que al final uno debe engordar la propina. Pues así me toco a mí. En Bangkok dejé mucha propina y aprendí de mercados…hasta en el baño…

May 17, 2006

Oruro, 10 bolivianos…Oruro, 10 bolivianos…

Los Miércoles del mes de Febrero de 1996 (hace más de 10 años ya) fueron días diferentes. De esos días que uno recuerda por mucho tiempo. Tempranito en la mañana me “achamarraba” y preparaba un buen tapeque, me ponía las botas y salía a la avenida a buscar un trufi vanderita verde. Era temprano y el viaje desde Cota Cota hasta la terminal de buses en el centro se podía hacer en 25 minutos. Ya en el edificio viejo y un tanto destartalado de “la terminal” conseguía alguna flota que viajara a Oruro. Así iniciaba mi aventura de cada semana hacia el municipio de Ayo Ayo. Mi tésis de licenciatura estimaba una función de producción para ese municipio del frío Altiplano y hasta allá iba a recojer información.

En Ayo Ayo aprendí mucho sobre la vida rural en Bolivia, mucho sobre producción agropecuaria y mucho sobre el centralismo y el “comunitarismo” que hacen tán difícil el desarrollo agrícola empresarial y tecnológico en el Altiplano. Pero esos Miércoles en la terminal de buses me dejaron otra lección, una probablemente más importante: la eficiencia de mercados libres.

Al llegar a la terminal uno debía escuchar con atención antes de comprar el boleto. Las diferentes compañías de buses literalmente gritaban sus precios desde sus pequeñas oficinas y uno de pronto se encontraba participando de una especie de subasta walrasiana criolla. “Oruro, 15 Bolivianos” gritaba uno de los vendedores, “Oruro, 13″ respondía otro…”Oruro, 11″ gritaba alguién más allá….el precio podía llegar hasta Bs. 10 en cuestión de segundos y los pasajeros atentos nos movíamos de una ventanilla a otra. Cuando el precio llegaba a Bs. 10 uno no podía esperar mucho más…era poco probable que el precio bajara a Bs. 9…había que actuar rápidamente…generalmente el bus que ofrecía pasajes a este precio se llenaba rápidamente y, para los más lentos, el precio volvía a subir…

Yo participaba de este mercado encantado y haciendo curvas de demanda y oferta en la cabeza. El resultado era de una eficiencia casi única en la economía boliviana. Las compañías de buses competían por clientes ofreciendo mejores precios y calidad. La competencia era tal que los precios llegaban casi a “costo marginal.” Los consumidores o pasajeros demandaban con información completa o casi y el mercado se “vaciaba” al precio de equilibrio. Si los costos de producción (i.e. gasolina) se incrementaban, el precio del pasaje también lo hacía, si la demanda era mayor (cuando se acercaba el Carnaval) el precio también lo hacía. El mercado reflejaba la escasez relativa de un pasaje en bus a Oruro minuto a minuto. La “mano invisible” en accción.

La Prensa trae la noticia de que el gobierno de Evoland ha decidido acabar con el libre mercado de pasajes de buses en la terminal. Se han impuesto precios máximos por tramos y calidad de servicio. El argumento usado es que los precios se estaban haciendo “muy caros” y los dueños de las flotas “se aprovechaban” de los clientes.

Vamos paso a paso.

Aclaremos primero que no existen precios “muy caros” o “muy baratos.” Los precios son relativos y no absolutos. Si a usted le ofrecen un automóvil nuevo por $5,000 y un triciclo por $1000, es muy posible que el bien que esté “muy caro” sea el triciclo y no el automóvil. La diferencia de precios entre bienes tiene que ver con su escasez relativa. Los automóviles cuestan más que los triciclos porque los primeros son menos abundantes en relación a su demanda que los segundos. Es esta propiedad de los precios (su relatividad) lo que los hace tan importantes. En mercados libres en los que la oferta y la demanda de bienes interactúan sin restricciones, los precios que resulten en equilibrio actuarán como semáforos indicandonos la escasez relativa de los distintos bienes. Sin esta información una economía es como un ciego tanteando el camino…sin conocer la escasez relativa de bienes no se puede maximizar su uso ni la asignación de recursos consistente con este objetivo.

Definir, por tanto, precios máximos “por decreto” restringe el funcionar de mercados y esconde la real escasez relativa de los bienes. El resultado es ineficiencia. Se producirán desabastecimientos (shortages) o despilfarros (surplus).

Que pasará, por ejemplo, cuando por algún “shock” externo la gente decida viajar mucho a Oruro en un determinado día? La subasta walrasiana descrita anteriormente no podría funcionar. Con un precio máximo legal las compañías de buses no podrían cobrar por encima de ese límite. Algunos pasajeros que tengan el dinero en la mano (el precio máximo) no podrán viajar…simplemente no habrán asientos disponibles: desabastecimiento. Si el precio fuera libre, este aumentaría hasta equilibrar la cantidad demandada con la ofrecida y todo aquel que esté dispuesto a pagar ese precio encontraría un lugar.

Pero el problema no acaba allí. Cuando no se puede cobrar más de un límite, se generan incentivos a “discriminar”…las compañías de buses tienen el sartén por el mango y pueden decidir quien viaja o quien no….podrán favorecer a los que se levanten más temprano, o a los paceños en desmedro de los yungueños, o a los flacos y no a los gordos, o a los que usen anteojos (mi caso), etc…

Los pasajeros y las compañías también tendrán incentivos de corrupción…”vendame a mí el pasaje y le pago el desayuno”…es decir, que los agentes en el mercado tratarán de volver al precio natural de equilibrio a través de “donaciones” o regalos…o más desfachatadamente aumentándole directamente al precio sin que aparezca en la factura….la policía deberá controlar esto en los viajes y ahí se crea una capa más que puede ceder a los incentivos de corrupción….

Hay varios otros factores a ser analizados: “cartelización” de las compañías de buses, la calidad del servicio, impuestos, etc. pero ya este post está muy largo. La conclusión, sin embargo, se mantiene, cuando se trata de “organizar” mercados por decreto estableciendo precios máximos o mínimos, se termina en realidad desorganizando y empeorando la asignación eficiente de recursos. Las cosas funcionaban mejor en 1996…diez años atrás…nos vamos haciendo viejos…

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