Mercados en Thailandia
Mi visita a Bangkok duró solo tres días pero dejó lecciones económicas (y gastronómicas) muy interesantes. Esta fué mi segunda visita. La ciudad es enorme (casi 10 millones de habitantes) y el tráfico, la polución, la humedad y las altas temperaturas pueden llegar a ser intolerables. Los thailandeses han aprendido a vivir con estas dificultades y su disposición al comercio y la libertad de mercados han generado resultados insospechados. Bangkok se ha convertido en los últimos años en una ciudad moderna y vibrante que genera un altísimo flujo turístico.
En Bangkok shopping es una de las actividades principales. Casi todo es más barato que en Estados Unidos y ciertamente más barato que en Europa. Muchos de mis trajes, camisas y maletines de cuero son hechos en Bangkok. DVDs piratas son también una buena compra. La comida es simplemente exquisita y baratísima. Los cortes de pelo y masajes son también imperdibles.
Pero la generación de mercados vá más allá de estos bienes tradicionales. Mis amigos y yo fuimos a un bar una de las tres noches de las que estuvimos allá (cuatro economistas en un bar…qué más se puede pedir?). Como buenos turistas, y dado el inclemente calor, todos vestíamos sandalias. El resultado fué lógico: no nos dejaron entrar. Las reglas del bar requerían un mínimo de atuendo que incluía el uso de zapatos. Decepcionados nos dábamos ya la vuelta cuando vimos en la acera a una señora ofreciendo varios pares de zapatos. Justo al frente del bar! Cuando nos acercamos a comprar unos pares nos sorprendimos al descubrir que los zapatos no estaban a la venta sino que se rentaban. La señora, eso sí, vendía también calcetines. Pues compramos los calcetines y rentamos los zapatos que nos parecieron menos usados (aún sino hacían juego con nuestros pantalones) y volvimos a la puerta del bar. Tres o cuatro horas más tarde devolvimos los zapatos y recogimos nuestras sandalias. Una fantástica aplicación del surgimiento espontáneo de orden y cooperación.
Pero la historia del bar no termina aquí. Una vez en el bar, y a medida que las bebidas se hacían más y más frecuentes, nuestros viajes al baño idem. Uno está acostumbrado al “bell boy” del baño de los bares y clubs que ofrece toallas y mentitas cuando uno se lava las manos. Pero los “bell boys” de baño de este bar (y como descubrimos después en muchos lugares de Bangkok) ofrecían no solo toallas y mentitas sino un servicio adicional. Estando frente al urinario atendiendo las urgencias de la vejiga siento de pronto una toalla caliente en el cuello y me doy cuenta de que el “bell boy” me empezaba a hacer masajes en la espalda y los hombros….y yo sin poder defenderme, de espaldas y con las dos manos ocupadas…. Uno se asusta y la primera reacción es negativa. Después uno se dá cuenta de que todos los clientes reciben el mismo trato y que al final uno debe engordar la propina. Pues así me toco a mí. En Bangkok dejé mucha propina y aprendí de mercados…hasta en el baño…
