Los Miércoles del mes de Febrero de 1996 (hace más de 10 años ya) fueron días diferentes. De esos días que uno recuerda por mucho tiempo. Tempranito en la mañana me “achamarraba” y preparaba un buen tapeque, me ponía las botas y salía a la avenida a buscar un trufi vanderita verde. Era temprano y el viaje desde Cota Cota hasta la terminal de buses en el centro se podía hacer en 25 minutos. Ya en el edificio viejo y un tanto destartalado de “la terminal” conseguía alguna flota que viajara a Oruro. Así iniciaba mi aventura de cada semana hacia el municipio de Ayo Ayo. Mi tésis de licenciatura estimaba una función de producción para ese municipio del frío Altiplano y hasta allá iba a recojer información.
En Ayo Ayo aprendí mucho sobre la vida rural en Bolivia, mucho sobre producción agropecuaria y mucho sobre el centralismo y el “comunitarismo” que hacen tán difícil el desarrollo agrícola empresarial y tecnológico en el Altiplano. Pero esos Miércoles en la terminal de buses me dejaron otra lección, una probablemente más importante: la eficiencia de mercados libres.
Al llegar a la terminal uno debía escuchar con atención antes de comprar el boleto. Las diferentes compañías de buses literalmente gritaban sus precios desde sus pequeñas oficinas y uno de pronto se encontraba participando de una especie de subasta walrasiana criolla. “Oruro, 15 Bolivianos” gritaba uno de los vendedores, “Oruro, 13″ respondía otro…”Oruro, 11″ gritaba alguién más allá….el precio podía llegar hasta Bs. 10 en cuestión de segundos y los pasajeros atentos nos movíamos de una ventanilla a otra. Cuando el precio llegaba a Bs. 10 uno no podía esperar mucho más…era poco probable que el precio bajara a Bs. 9…había que actuar rápidamente…generalmente el bus que ofrecía pasajes a este precio se llenaba rápidamente y, para los más lentos, el precio volvía a subir…
Yo participaba de este mercado encantado y haciendo curvas de demanda y oferta en la cabeza. El resultado era de una eficiencia casi única en la economía boliviana. Las compañías de buses competían por clientes ofreciendo mejores precios y calidad. La competencia era tal que los precios llegaban casi a “costo marginal.” Los consumidores o pasajeros demandaban con información completa o casi y el mercado se “vaciaba” al precio de equilibrio. Si los costos de producción (i.e. gasolina) se incrementaban, el precio del pasaje también lo hacía, si la demanda era mayor (cuando se acercaba el Carnaval) el precio también lo hacía. El mercado reflejaba la escasez relativa de un pasaje en bus a Oruro minuto a minuto. La “mano invisible” en accción.
La Prensa trae la noticia de que el gobierno de Evoland ha decidido acabar con el libre mercado de pasajes de buses en la terminal. Se han impuesto precios máximos por tramos y calidad de servicio. El argumento usado es que los precios se estaban haciendo “muy caros” y los dueños de las flotas “se aprovechaban” de los clientes.
Vamos paso a paso.
Aclaremos primero que no existen precios “muy caros” o “muy baratos.” Los precios son relativos y no absolutos. Si a usted le ofrecen un automóvil nuevo por $5,000 y un triciclo por $1000, es muy posible que el bien que esté “muy caro” sea el triciclo y no el automóvil. La diferencia de precios entre bienes tiene que ver con su escasez relativa. Los automóviles cuestan más que los triciclos porque los primeros son menos abundantes en relación a su demanda que los segundos. Es esta propiedad de los precios (su relatividad) lo que los hace tan importantes. En mercados libres en los que la oferta y la demanda de bienes interactúan sin restricciones, los precios que resulten en equilibrio actuarán como semáforos indicandonos la escasez relativa de los distintos bienes. Sin esta información una economía es como un ciego tanteando el camino…sin conocer la escasez relativa de bienes no se puede maximizar su uso ni la asignación de recursos consistente con este objetivo.
Definir, por tanto, precios máximos “por decreto” restringe el funcionar de mercados y esconde la real escasez relativa de los bienes. El resultado es ineficiencia. Se producirán desabastecimientos (shortages) o despilfarros (surplus).
Que pasará, por ejemplo, cuando por algún “shock” externo la gente decida viajar mucho a Oruro en un determinado día? La subasta walrasiana descrita anteriormente no podría funcionar. Con un precio máximo legal las compañías de buses no podrían cobrar por encima de ese límite. Algunos pasajeros que tengan el dinero en la mano (el precio máximo) no podrán viajar…simplemente no habrán asientos disponibles: desabastecimiento. Si el precio fuera libre, este aumentaría hasta equilibrar la cantidad demandada con la ofrecida y todo aquel que esté dispuesto a pagar ese precio encontraría un lugar.
Pero el problema no acaba allí. Cuando no se puede cobrar más de un límite, se generan incentivos a “discriminar”…las compañías de buses tienen el sartén por el mango y pueden decidir quien viaja o quien no….podrán favorecer a los que se levanten más temprano, o a los paceños en desmedro de los yungueños, o a los flacos y no a los gordos, o a los que usen anteojos (mi caso), etc…
Los pasajeros y las compañías también tendrán incentivos de corrupción…”vendame a mí el pasaje y le pago el desayuno”…es decir, que los agentes en el mercado tratarán de volver al precio natural de equilibrio a través de “donaciones” o regalos…o más desfachatadamente aumentándole directamente al precio sin que aparezca en la factura….la policía deberá controlar esto en los viajes y ahí se crea una capa más que puede ceder a los incentivos de corrupción….
Hay varios otros factores a ser analizados: “cartelización” de las compañías de buses, la calidad del servicio, impuestos, etc. pero ya este post está muy largo. La conclusión, sin embargo, se mantiene, cuando se trata de “organizar” mercados por decreto estableciendo precios máximos o mínimos, se termina en realidad desorganizando y empeorando la asignación eficiente de recursos. Las cosas funcionaban mejor en 1996…diez años atrás…nos vamos haciendo viejos…